Bangalore

Por: Henry Hank Chinaski

Las primeras tres semanas del año estuve en Bangalore, India, participando en un taller sobre pobreza, desarrollo y globalización organizado por la fundación Azim Premji,  la Universidad de Columbia y el Initiative for Policy Dialogue. Con casi ocho y medio millones de habitantes, Bangalore es la tercera ciudad más grande de India, sólo detrás de Mumbai y Delhi. Por la gran cantidad de empresas relacionadas con la tecnología de la información, a la ciudad se le conoce como el “Silicon Valley” de India.

Mi primera impresión al llegar a la ciudad fue de quilombo. El tráfico es cruel y las reglas endebles.  Los conductores son amantes de la adrenalina y los deportes de alto riesgo. Las bocinas no paran de sonar nunca. Si a esto se le suma una cantidad masiva de autos, motos y tuc-tucs (moto-taxis), el resultado es un combo explosivo. Por algo India es uno de los países con más accidentes de tráfico.

Lejos de todo el bullicio, nuestro hospedaje durante el taller fue la casa de invitados de Wipro, una multinacional dedicada a consultoría tecnológica, que cuenta con más de 150 mil empleados en 61 países y cuyo dueño es (sorpresa, sorpresa) Azim Premji, el principal filántropo del país. Con semejante empresa, más que una casa de invitados era un flor de hotel con pileta, gimnasio, cancha de tenis, voleibol, fútbol, lounge, cafetería/buffet, lavandería, etc. Todos los salones contaban con tecnología de punta, aunque -irónicamente- lo único que funcionaba para el orto era el wi-fi. Lo mejor de todo es que estaba alejada de la contaminación y el estrés de la ciudad. Vivíamos en una burbuja artificial. Todas las madrugadas regaban cada planta y hacían todo lo humanamente posible para que estuviéramos cómodos.

El workshop consistió en dos semanas de clases y presentaciones de estudiantes, seguidas de una tercera semana para hacer un viaje de estudios a una región rural. Después de un vuelo de demasiadas horas en el que apenas pude dormir (salí el viernes 1 de enero a la noche y llegué el domingo a la mañana, el sábado estuve en el limbo), me pasé mi primer día durmiendo, lo que me ayudó mucho a ajustarme a las ocho horas y media de diferencia horaria. El lunes conocí a mis 24 compañeritos. Había gente de todos lados: Alemania, Chile, Colombia, Ecuador, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Grecia, India, Italia, Líbano, Japón, Singapur; y estudiando doctorados en todas las áreas: antropología, ciencias políticas, estudios de desarrollo, ingeniería ambiental, planificación urbana, política social y sociología, aunque la mayoría éramos economistas. Todos habían vivido en varios países y sabían al menos dos o tres idiomas (nueve hablábamos castellano!). Convivir con 24 seres humanos maravillosos e infinitamente más inteligentes que yo, todo el día durante dos semanas fue, sin lugar a duda, lo que más me enriqueció. Conocer sus historias de vida, sus experiencias, compartir su cultura, discutir sus puntos de vistas, fue híper gratificante.

La primera semana fue bastante intensa. Nos levantábamos temprano para desayunar y el resto del día teníamos clases con académicos de alto vuelo: desde Ha-Joon Chang dando clases de política industrial, Diane Elson sobre la desigualdad con una perspectiva de género, Akeel Bilgrami sobre filosofía, Robert Wade sobre el cambio climático, hasta el premio nobel de economía Joseph Stiglitz, y académicos de las más renombradas universidades de todo el mundo: Columbia University, London School of Economics, University of Cambridge, etc. Después de las clases nos reuníamos en grupos para discutíamos sobre nuestros trabajos de investigación y afilar nuestras presentaciones. Por suerte me tocó el grupo fiestero y nuestra primera reunión fue en el bar que quedaba cerca del campus, además que nos reunimos menos veces, lo que nos dio la oportunidad de hacer algunas escapadas para conocer la ciudad entre semana. A pesar del ajetreado itinerario, a la noche por lo general teníamos tiempo para hacer alguna actividad, como las clases de yoga que nos daba una de las chicas del grupo o juntarnos a mirar algún documental.

El fin de semana lo dedicamos íntegramente a conocer la cultura. El sábado fuimos al mercado de la ciudad a comprar telas y recuerdos. Es impresionante la cantidad de gente en movimiento, comerciando, negociando precios –todo se regatea-. Una experiencia muy intensa y agotadora. El domingo fuimos a Mysore, una ciudad muy pintoresca que queda a 150 km de la ciudad en donde estábamos, sede del Palacio de Mysore, una de las cosas más majestuosas que vi en mi vida. La nota de color la dieron los lugareños que, al no estar acostumbrados a ver turistas, nos pedían que nos saquemos fotos con ellos.

La segunda semana estuvo dedicada a las presentaciones de los estudiantes. En cuatro días hubo 25 presentaciones de alto vuelto sobre una cantidad de temas impresionantes. Fue una buena oportunidad para obtener feedback de gente de otras disciplinas. Por mi parte tuve suerte de tener a mi director de tesis para apoyarme y a dos compañeras que me ayudaron a practicar la presentación. Dentro de todo salió razonablemente bien, especialmente para ser la segunda vez que hacía una presentación en inglés. El viernes fue la cena de despedida, seguida de la fiesta con música latina y de Bollywood. Después de la fiesta, la gente que no iba al field trip se despidió. A pesar de que habían pasado tan sólo dos semanas desde nos conocíamos, las despedidas fueron muy tristes. Si bien parece poco tiempo, cuando se pasa todos los días juntos, dos semanas es suficiente para conectar con otras personas.

Al día siguiente arrancamos el viaje de estudios. Éramos siete los que nos embarcamos en el tren con destino a Yadgir, un distrito a casi 500 km de Bangalore. La región es netamente rural, y las principales plantaciones son de algodón, arroz y caña de azúcar. En el taxi de la estación hasta el hotel nos dimos una magnitud de la pobreza del lugar. Había mucha gente defecando al aire libre (en India el 60% de la población lo hace, o sea, más de 600 millones de personas). Las mujeres se llevan la peor parte ya que muchas se ven afectadas por el acoso, la violencia y en algunos casos la violación como resultado de tener que salir de sus casas por la noche para encontrar un lugar para ir al baño (sobra decir que no hay alambrado público ni iluminación). Este problema es tan grave que afecta a una de cada tres mujeres. Además, muchas mujeres embarazadas sufren infecciones por lombrices por la falta de saneamiento.

El primer día del viaje nos reunimos con un representante de la fundación de Azim Premji que nos contó sobre la estructura del sistema educativo de India y el rol de la fundación en el distrito. Después fuimos a una escuela a reunimos con los maestros. Fue muy interesante ver cómo funciona el sistema educativo y poder hablar con los docentes sobre sus principales desafíos. A pesar de las reiteradas advertencias de no salir solos del hotel, a la tarde fuimos a los campos de algodón a caminar, y en el medio del campo nos encontramos una especie de santuario. Volviendo al hotel una moto nos encaró y nos empezaron a interrogar sobre quiénes éramos, qué hacíamos ahí, en dónde nos estábamos quedando y hasta cuál era nuestra habitación de hotel. Pasamos un momento verdaderamente de mierda, pero por suerte una chica del grupo hablaba hindi así que zafamos. Al parecer no les gustó nada que hayamos pasado por el santuario. Como se hizo de noche y no se veía un carajo, terminamos con todas las piernas sangrando por las espinas del lugar y corriendo hacia el hotel antes de que nos volvieran a detener, parecía el Proyecto de la Bruja de Blair, horrible!

El segundo día fuimos a dos “mélās” (significa reunión o asamblea) en escuelas, que son una especia de ferias de ciencias en donde los alumnos de primaria forman grupos y cada grupo presenta su proyecto. Fue muy impactante llegar y que nos traten como celebridades: los chicos nos miraban con una mezcla de miedo, respeto y asombro. El tema fue geografía, así que los niños nos mostraban sus mapas súper entusiasmados contándonos la historia del lugar. Cuando entraron en confianza nos preguntaron cómo nos llamábamos, nos pedían fotos, autógrafos y hasta nuestros teléfonos! En la primer mélā nos pidieron ayuda para cortar el listón de inauguración de un aula de clases y en la segunda nos pidieron que demos un mini discurso. La verdad que fue muy shockeante y un poco político, pero el hecho que vaya gente de afuera del pueblo a visitarlos era un acontecimiento único.

El día siguiente nos reunimos con los trabajadores del campo y representantes del sindicato. Allí nos contaron un poco las actividades que realizan, sus inclemencias y los retos que enfrentan cuando el clima les juega en contra. Después fuimos a otra escuela a hablar con el director. Nos contó sobre cómo manejan la diversidad de religiones (en India el 80% son hinduistas, el 14% musulmanes y el 3% cristianos – sorprendentemente hay muy pocos budistas, menos del 1%). También nos reunimos con una especie de intendente que nos habló sobre las políticas públicas que había implementado en su comuna y las dificultades que tuvo que enfrentar en la práctica. De ahí fuimos a un jardín de infantes donde nos mostraron los materiales de estudio, nos contaron sobre el sistema de enseñanza y finalmente a una fábrica de textiles. La verdad que el field trip sobrepaso por lejos mis expectativas.

El último día aprovechamos para ir a algunos templos locales y a uno que otro palacio. El hinduismo tiene más de 70 dioses distintos así que cada templo es diferente, no te aburrís nunca. A la noche emprendimos la vuelta a Bangalore.

Los últimos dos días los aprovechamos para seguir conociendo la ciudad. Algunas generalizaciones posiblemente equivocadas o exageradas: la gente es muy introvertida, respetuosa, amables y serviciales. A los blanquitos nos miran como extraterrestres. Tienen una obsesión con el estereotipo de belleza americano: en los carteles de la calle los modelos son todos occidentales, y las cremas para la piel contienen “blanqueador”. La mayoría de los nativos entienden inglés, y hablan aunque sea un poquito. Los precios locales (la ropa, la comida, el transporte) son muy baratos. Casi todas las comidas son en base a arroz y son muy, pero muy picantes. Muchas partes de India me recordaban al conurbano bonaerense. India es algo así como una versión gigante de la realidad: los palacios, las distancias, los mercados, son todos extra large. Un lugar como pocos.

Este artículo apareció primero (y con fotos) acá.

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2 pensamientos en “Bangalore

  1. Genial el artículo, BROOKLYN.
    Yo creía que los estudiantes de Economía eran unos miserables ignorantes de lo humano, y que no sabían leer ni ver.
    Te recomiendo Un equilibrio perfecto / A fine Balance, de Rohinton Mistry.
    Abrazo

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