Diatriba sobre lo efímero

Por: Henry Hank Chinaski

Últimamente tengo un pensamiento que me agobia. La impermanencia de los buenos momentos.
Antes de ayer fue el asado de fin de año de la oficina. Buena comida, buena bebida, buena compañía. Por momentos cerraba los ojos y disfrutaba de lo que una amiga llamaría “un momento intenso de felicidad”. A pesar de lo bien que lo estaba pasando, no podía evitar pensar que cada vez faltaba menos para que se terminara. Esa simple idea me atormentaba. Era como viajar en un auto sin frenos, sin poder hacer nada para que se detenga y disfrutar del momento durante todo el tiempo que quisiera. Y sí, lo bueno dura poco. Ahora estoy acá, son las ocho de la mañana, tengo sueño, mucho laburo y ganas de nada. Y así como se pasa cada momento, se pasa la vida.
Lo paradójico es que la fugacidad de los momentos me es funcional. Hace que tome las decisiones que terminarán como una buena historia y me ayuda a sobrellevar los malos momentos, como este. En fin, parafraseando a Sábato, la vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse.

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