La Revolución Bolivariana es auspiciada por Coca Cola (Parte 1)

Cuando fui a Venezuela con mi novia, me pasaron tantas cosas que podría contar innumerables anécdotas de lo que nos pasó en tan solo un día. Probablemente haya sido el lugar con situaciones más inesperadas de todos los que conocí viajando con ella.

Bajar en el aeropuerto de Caracas sin saber cuántos bolívares son un dólar no se lo deseo a nadie, sentías que todo el mundo te quería estafar, de hecho eso paso. Después nos enteramos buscando en internet que compramos a un tipo de cambio inexistente, nos habían vendido cualquier cosa en el aeropuerto, pero ya fue.

Había mucho desconcierto, también desesperación, no solo en mí, sino también en los demás. De todos los aeropuertos, en éste sobrevolaba un aire psicótico increíble. Era el principio de una odisea. Si fuera una tarotista trucha de una galería de calle 7, o si fuera de esas personas que cree en el destino o en esas estúpidas cábalas, por ahí, hubiera advertido algo de todo lo que nos esperaba. O quizá, me estaría auto mintiendo y haciéndome creer que algo iba a pasar. Al final, mi escepticismo anuló todos estos pensamientos.

El taxi del aeropuerto estaba carísimo. El aeropuerto debe estar a 30 km de Caracas, te duele en la profundidad del alma pagar ese auto, no sé qué otras maneras de llegar habrá, pero eso era un robo.

Cuando llegamos al hostel (que era un “Love Hotel” que también trabajaba como hostel) no trabajaban con tarjeta de crédito y teníamos poco efectivo. Nada nos salía bien ese día.

Siempre, con mi novia, cuando llegamos a algún lugar tratamos de ser organizados y queremos comprar todos los pasajes. Nosotros íbamos para Colombia y Ecuador, para luego volver a Venezuela e ir a conocer Isla Margarita. Resulta que no vendían pasajes en Ferry a Isla Margarita con tantos días de anticipación y encima en la terminal no vendían pasajes a otros países, no sabíamos cómo llegar a Colombia. A toda la gente que le preguntábamos no sabían dónde vendían pasajes, parece que la gente de Venezuela no viaja seguido a otros países, o si lo hace, es en Avión.

Empezábamos a sentir que iba a haber una consecución de hechos desafortunados. Con mi novia sentíamos que éramos incomprendidos por los venezolanos con sus contradicciones e indicaciones confusas.

Nos recomendaron ir a la terminal más grande de Caracas y nos aconsejaron que tuviéramos cuidado. ¿Qué tan peligroso podría ser?

Nos tomamos un taxi que tardo como media hora, ¡por dios el tráfico de esa ciudad!, y después mi vieja se queja de la cantidad de autos que hay en el centro de La plata.
Ni bien llegamos vimos gente, mucha gente, demasiada gente, increíble. Me puse la mochila del lado izquierdo, caminaba cerca de la pared y mi novia atrás para cubrir puntos ciegos. Me sentía en la guerra. Caminamos por una escalera interminable hasta llegar al tercer piso.
Cuando llegamos, fuimos a las boleterías, eran las siete de la tarde y no vendían pasajes. La terminal cerraba. ¡Una locura!.

Por momentos sentías que la consecución de hechos desafortunados era muy exagerada, ya modificaba tu paciencia, todo se iba al carajo en otras palabras. Parecía que la tarotista de calle 7 tenía razón.

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